Una «Diada» marcada por el enfrentamiento entre separatistas, la rendición de Sánchez y el hastío de los ciudadanos


Los partidos y las organizaciones independentistas han llegado a la Diada, la fiesta regional catalana, más divididos y enfrentados que nunca.

Junqueras

Pere Aragonés acompañado de golpistas en la ofrenda de la festividad de la Diada.

LOS RÁBANOS POR LAS HOJAS / Alrededor de 80.000 personas han participado este sábado en la manifestación separatista para reivindicar la independencia de Cataluña en la celebración de la Diada. Lejos de las cifras de los dos millones que alardeaban reunir hace unos años, en esta ocasión la ANC y Òmnium se han tenido que conformar con el 4% de los participantes que aseguraban haber movilizado en años anteriores.
El independentismo catalán ha logrado lo que parecía imposible: provocar un gigantesco hastío en una sociedad harta del bucle en el que el separatismo lleva instalado desde hace años. El fiasco de la manifestación de la Diada es la prueba del nueve de que la sociedad catalana ha dado la espalda a una clase política que en lugar de dedicarse a gestionar los problemas ha utilizado el mantra de la independencia como cortina de humo para desviar la atención de una sociedad que lleva demasiado tiempo sofronizada por una clase política que ha hecho de la violación del Estado de Derecho y la Constitución su modo de vida.

Pasaron los tiempos en los que el separatismo presumía de ser un movimiento «cívico, pacífico y festivo». Hasta en la manifestación de la ANC se registraron incidentes cuando grupos de violentos lanzaron objetos contra la Jefatura Superior de la Policía Nacional en la Vía Layetana.
Golpes, sillazos, violencia, insultos y gritos. Una parte del separatismo no puede disimular su frustración. Si la víspera se insultaba a Oriol Junqueras en el «Fossar de les Moreres» (el «Foso de las Moreras» en el que según la mitología separatista deberían estar enterrados los defensores de la ciudad de Barcelona en 1714), durante la «Diada» han menudeado las peleas entre radicales de izquierda y de extrema derecha, todos ellos afectos a la causa separatista.
El separatismo se realimenta de su falso victimismo. Vive de su enfrentamiento continuo contra el Estado. Ha encontrado en la figura de Pedro Sánchez un acicate para llevar la extorsión y el chantaje al límite. Es cierto que está dividido, pero su creciente debilidad y pérdida de poder de convocatoria la compensan retratando la debilidad de un presidente que se ha rendido al golpismo. En el fondo, y eso es lo más triste, ambos se necesitan mutuamente. Y el daño que están causando a la sociedad española puede ser irreversible. La Diada ha sido un fracaso, pero la debilidad de Sánchez ante los sediciosos otorga a estos un balón de oxígeno. Y mientras, los españoles asisten como convidados de piedra a esa funesta retroalimentación de intereses entre una pandilla de golpistas y un Gobierno que ha claudicado y entregado la dignidad de España y de los españoles por un puñado de votos.
Al final, la calle coloca a cada uno en su sitio. Los catalanes están hartos de su clase política, y los españoles están hartos de un Gobierno subido a lomos de la más absoluta incompetencia

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