Chorizo, jamón, chuletón y salchichón se enfrentan a Garzón


Bocata

Bocadillo de jamón serrano con salsa de tomate salpimentada. Forma de comprender el analfabetismo gastronómico de Alberto Garzón.

Jesús Salamanca Alonso / No hace mucho aireó que “El turismo en España no daba valor añadido». Durante la pandemia, en una de sus primeras declaraciones oficiales, afirmó que estaba demostrado que “el juego en las casas de apuestas había descendido considerablemente”: no se paró a pensar que la ciudadanía estaba ‘prisionera’ (confinada) en casa, siguiendo las recomendaciones/exigencias de los gurús del Gobierno.

También manifestó que, en esas mismas fechas, “había descendido considerablemente el consumo de crudo”. Claro, si no podíamos salir de ocio y apenas para ir trabajar, excepto los sectores prioritarios. ¡Garzón, Garzón con sus ‘garzonadas’! Hay veces que, ni siendo de la misma familia animal, se puede convivir en paz. No es fácil meter en el mismo Ministerio a mulos, acémilas, burdéganos, potrancas, borriquitos… Hasta el ‘Doctor’ le ha afeado a Garzón su estupidez sobre la campaña “Menos carne, más vida”.

Sólo le ha faltado a Garzón decir que la ganadería no es un sector clave en la economía española, aunque todos sabemos que lo piensa. El ministro de Consumo ha hecho ridículo con su campaña contra el consumo de carne. No ha habido político que no se mofara de él, incluidos los de su propio partido. El sector ganadero ha pedido su dimisión y ya se prepara una algarada a las puertas de su Ministerio. Le pierde su prepotencia de ministro comparsa porque es conocedor de sus propios complejos.  Su campaña contra la carne es “tan errónea como la del azúcar mata”, dice Planas. Ya ha tenido su minuto de gloria. Dicen en mi tierra que, si hubiera lazos de cazar tontos, éste ya estaba en la cazuela.

Cada vez que habla es para dañar algún sector de la economía española. “Tan solo da noticias negativas”, dicen en su partido. Y todo es consecuencia de su nula preparación en el sector del que es ministro. La ignorancia es muy atrevida y su maldad es muy dañina. Abre la boca y sube el pan. No se le ocurre repasar el menú de su boda porque, entonces, su ridículo sería mayúsculo, tan mayúsculo como el que hace en el día a día.

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