Acabada la primera decena del siglo XXI no se entiende la actitud que los sindicatos de clase tienen en España. En vez de apoyar y defender a los trabajadores, se empeñan en apoyar a los gobiernos inclinados hacia la izquierda, haciendo daño a la ciudadanía y al empleo. Se han convertido en enemigos del trabajador, en vez de ser un apoyo, colchón y estímulo.
Tanto el sindicato socialista como el comunista se empeñan en que el Estado no tiene por qué mantener a la Iglesia católica. Siempre han defendido que la Iglesia aporta y reporta más vicio y ocio a la ciudadanía que beneficio y ayuda. Lo cierto es que hasta el Gobierno socialista se vuelca con la banca, con las clases pudientes y se esconde ante el peligro de religiones calificadas como violentas, mientras menosprecia a la Iglesia católica y a las organizaciones afines volcadas con los más necesitados.


Tienen una cara que se la pisan. Si vendieran albardas serían albarderos. Llegan tarde como casi siempre. Son los sindicatos de clase; esos parásitos incontrolados que se esconden en las adversidades y amenazan al trabajador, a la empresa y al Gobierno, cuando se adoptan medidas de progreso. Representan el egoísmo y la intransigencia, la ridiculez y la contradicción, la dejadez y el oportunismo. Los sindicatos de refrito español nunca entendieron el contenido de las palabras de Napoleón: “el medio más seguro de mantener la palabra, es no darla nunca”.
Ignorantes, pero aprovechados. Siempre cerca del poder, la subvención, la ayuda, la mamandurria, la prebenda y el mangoneo. Son empresarios de la nada y del abuso, responsables de la dejadez, huidizos del mundo laboral. Vividores de la holganza más desconsiderada y parasitaria. No se les caen los anillos por hablar de la cohesión económica y de los ciudadanos de Europa.















































































































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