Por Xavier Carrió.- Hemos vivido unos años que el Gobierno de Rodríguez Zapatero nos hizo creer que podíamos vivir sin esforzarnos ya que el Estado era quien debía de crear puestos de trabajo y dirigir nuestras ideas y comportamientos que para ello tenía que ser fuerte para protegernos. Cuanto mas dinero tuviera a su disposición mas felices íbamos a ser. Nuestros políticos/as andaban por nuestras ciudades y pueblos de su casa al trabajo del trabajo a casa con rutilantes Audi 8 con chofer y escoltas incorporados. Estos políticos habían llegado a ser los más generosos del mundo y querían arreglarlo a base de malgastar el dinero de los contribuyentes.
Confiábamos en los datos que nos decían que teníamos un Estado de bienestar insuperable. Nos decían que éramos la séptima potencia mundial a punto de atrapar a Francia; eran ciertos y ahora sin transición estamos restregándonos en la miseria junto a griegos, irlandeses o portugueses, con el inconveniente que a nosotros ni siquiera nos pueden rescatar porque el agujero producido durante siete años de andar por estos mundos es demasiado gordo para que alguien tenga dinero suficiente para salvarnos.
La maldita crisis nos ha despertado del sueño y ha despejado la incógnita. Resulta que teníamos como gobernantes a un panda de soñadores indocumentados que a lo único que aspiraba era a conseguir los lujos y la vida muelle que nunca podían obtener con su trabajo. Después de tirar el dinero a manos llenas estamos ahora sin un euro ni para la farmacia y nadie que nos preste para salir de este lío. Eso sí, quienes nos han llevado a esta ruina han conseguido quitarse de en medio con pensiones millonarias sin que nadie les haya pedido cuentas como haría en otro país más serio que el nuestro. El derroche de nuestro patrimonio va mucho más allá de lo que creen nuestros políticos.
Aún no se han dado cuenta de lo perverso de este discurso. Gastarse el dinero de los contribuyentes en un puente firmado por un arquitecto estrella, en subvenciones a un sector que no se ha sabido adaptar a los nuevos tiempos, en prestaciones por desempleo que no obligan al parado a buscar un trabajo o en primas de apoyo a las energías renovables, era exactamente igual de malo hace cinco años que ahora. El actual Gobierno es muchísimo más solvente, serio, preparado y consciente que el que presidía José Luis Rodríguez Zapatero. Por eso, creemos que no incurrirá en absurdos como el Plan E o las exageradísimas primas a las renovables.
Pero el problema es más de fondo, casi filosófico. Mientras se mantenga la creencia de que el incremento del gasto público es bueno si los ingresos lo permiten, seguirá vivo el germen del desastre que ahora nos rodea. Lo digo para los nuevos gestores que no se han dado cuenta de lo perverso de este discurso.
Más allá de los servicios públicos esenciales, que deben prestarse con el máximo nivel de exigencia, control y vigilancia. El principio básico debería ser que el dinero de los contribuyentes está mejor en sus bolsillos que en los Presupuestos Generales del Estado. Y que nos dejen en paz de una vez en temas de como debemos de organizar nuestra familia, si los sindicatos deben proteger nuestro trabajo, si las mujeres deben de llevar velo o abortar por decreto o si nuestra solidaridad debe de ser obligatoria con quienes no la merecen.
Ya se escuchan muchas voces que ante la prevista imposibilidad de reducir el agobiante déficit y la constante confrontación de las Autonomías que no paran de legislar para su beneficio y en contra de la Constitución y del sentido común que anulan cualquier esfuerzo del Gobierno Central de tal manera que hemos convertido a España en 17 Reinos de Taifas, que serán quienes finalmente van a impedir la salida del pozo que estamos metidos. Mucha gente se está preguntando con mucha seriedad si la solución pasa por reducirlas limitando muchas de sus potestades legislativas o eliminarlas directamente ya que ellas son ahora mismo la madre de todos los conflictos. Por lo menos seria una opción a estudiar.
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